Logistica Europa-Latam: las consecuencias de la crisis de Ormuz

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Este artículo fue elaborado por el equipo de Food Retail Italia, empresa que opera llevando los mejores proveedores europeos a los retailers de Latinoamerica y es embajadora de las ferias internacionales Cibus y TuttoFood Milano en América Latina.

Existe un error de fondo que muchos operadores están cometiendo en estas semanas: pensar que la crisis del Estrecho de Ormuz afecta únicamente a quienes comercian con Oriente Medio. No es así, y nunca lo ha sido.

Los buques que salen de Génova o Nápoles, Valencia o Barcelona y llegan a Cartagena, Veracruz o Callao no pasan por Ormuz. Y, sin embargo, en las próximas semanas sufrirán igualmente aumentos de costes, retrasos e inestabilidad. Porque el problema no es la ruta, es el sistema.

La logística internacional del food no funciona por corredores independientes, sino como una red interconectada. Cuando un nodo crítico entra en crisis —y Ormuz es uno de los principales hubs energéticos del planeta— el impacto se propaga a lo largo de toda la cadena.

El primer efecto es inmediato: el precio de la energía. Si el flujo de petróleo y gas desde el Golfo se reduce o se vuelve incierto, el coste del bunker fuel aumenta en todo el mundo. No existen rutas “inmunes”, cada contenedor que sale de Europa hacia América Latina incorpora ese coste.

El segundo efecto es menos visible, pero igualmente relevante: la reasignación de la capacidad. Las navieras rediseñan rutas, reposicionan buques y revisan prioridades, y el resultado es claro: menor capacidad disponible en determinadas rutas, mayor presión sobre los fletes y una menor fiabilidad global.

En los últimos años, el sistema había recuperado un cierto equilibrio. Tras el shock pandémico, los fletes se normalizaron, los lead times se estabilizaron y las cadenas de suministro se volvieron más previsibles. Hoy ese equilibrio vuelve a ponerse en cuestión.

No estamos aún ante un escenario de ruptura, pero sí hemos entrado claramente en una fase de inestabilidad progresiva. Para los flujos Europa–América Latina, esto podría traducirse en un aumento de los costes logísticos en el orden del +10%/+25%, un alargamiento de los tiempos de entrega de entre +3 y +10 días y una mayor volatilidad en la planificación de llegadas.

Las oportunidades consecuencia de crisis temporales

Durante años, Europa ha representado para América Latina un punto de referencia: alta calidad, suministro fiable y un posicionamiento premium coherente. Hoy este modelo no desaparece, sino que evoluciona. No se trata de un cierre, sino de una transformación de la relación: de simple proveedor a socio más consciente y planificado.

Para los grandes grupos sudamericanos, en los próximos meses será clave reforzar el diálogo con los proveedores europeos, anticipar la planificación de los aprovisionamientos y optimizar los surtidos manteniendo el valor de la oferta.

Mirar al pasado reciente para interpretar el presente

Quienes operan en el sector lo saben: no es la primera vez. Durante la pandemia, el sistema logístico global vivió un shock mucho más violento. Los fletes se dispararon, las rutas se interrumpieron y los tiempos se extendieron mucho más allá de las previsiones actuales. Y, sin embargo, el sistema reaccionó.

Industria y distribución encontraron nuevos equilibrios, redefinieron prioridades y reforzaron las relaciones a lo largo de la cadena de valor. Hoy la situación es diferente: más estable, más competitiva y, sobre todo, más gestionable.

Las rutas entre Europa y América Latina seguirán funcionando. Seguirán aportando valor, calidad y diferenciación en los lineales. Pero debe cambiar la forma en que ese valor se construye: con mayor planificación, mayor colaboración y una mayor conciencia de los costes reales de la supply chain.

Si hay una lección que el sector ya ha demostrado saber aplicar es precisamente esta: en los momentos de mayor complejidad, la cadena se fortalece.

Y, como ya ha ocurrido en el pasado, será precisamente la colaboración entre la industria europea y la distribución latinoamericana la que transforme una fase de inestabilidad en una nueva oportunidad de crecimiento compartido.

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